En julio de 1989, una niña de 6 años y su hermano de 5, fueron arrojados por su padrastro desde el viaducto viejo de San Cristóbal. Al cabo de una semana, un comerciante daría pistas sobre la identidad de las víctimas. Eran de nacionalidad mexicana. Un mes antes, en un camping a las afueras de Los Ángeles, Estados Unidos, el mismo asesino había dado muerte a la madre de los hermanos. Uno de los casos más estremecedores de la criminalística regional, hoy, en nuestra página especial de Sucesos "Tinta Roja"

El doble infanticidio generó el rechazo de la colectividad tachirense (Imagen Luis Parada)

Raúl Márquez

El hombre despertó en medio de la noche. Un ruido en la calle resquebrajó su sueño. La mujer también despertó. Él le dijo que podría tratarse de una persona que se habría arrojado desde el viaducto. Tras un breve silencio, la mujer dijo “No creo”, al tiempo que se arropaba nuevamente. Era la madrugada del martes 18 de julio de 1989.

Al cabo de un rato, tocaron a la puerta de manera violenta. Era una vecina, quien con voz quebrada los puso al corriente del hallazgo. Dos niños habían sido arrojados desde el viaducto, y estaban justo frente a su casa, en la calle 2 del barrio 8 de diciembre. El hombre abrió lentamente, y observó con estupor el cuerpecito, justo sobre la entrada de su vivienda, marcada con el número 1-17.   

Tendría unos seis años y yacía boca abajo. Piyama rosada, con vivos verdes y azules. Piel blanca. Cabello castaño. Medias azules. Ella se encontraba a unos tres metros de él. Llevaba puesto un vestidito rosado, con las mismas características que la piyama del niño. No portaba medias. Piel blanca y cabellos castaños. Al parecer, eran hermanos. Un tumulto de vecinos se acercó al lugar, atraído por la noticia. Aunque, en cierto modo, estaban acostumbrados a encontrarse con los cadáveres de las personas que se suicidaban lanzándose por el citado puente, jamás había ocurrido algo similar.   

Unos minutos antes, dos policías de la Dirección de Orden Público –Dirsop- encontraron los cadáveres, en un patrullaje de rutina. Tiempo después, una comisión de la Policía Técnica Judicial –PTJ- región los Andes, procedió con el levantamiento de los cadáveres, los cuales fueron trasladados a la Morgue del Hospital Central de San Cristóbal.  

Horas más tarde, el comisario Carlos Rafael Milano, Jefe de la Delegación San Cristóbal del organismo judicial, en compañía del inspector Alirio Chacón, acudió a la unidad forense, para presenciar las autopsias. Además, a los infantes se les practicaron estudios de necrodactilia, a fin de acelerar su identificación.

“Ayúdennos a identificarlos”

El atroz crimen suscitó el rechazo de los tachirenses (Imagen archivo La Nación)

 En vista de que pasaban las horas y nadie se acercaba a reclamar los cadáveres, la policía técnica decidió colocar fotografías de los niños en algunos puntos importantes de la ciudad, junto con los números telefónicos de la delegación. “Necesitamos la ayuda de los sancristobalenses, y de los tachirenses en general, para identificar a estas criaturas. Cualquier pista o información, por favor, comuníquense con nosotros”, expresó un vocero de la PTJ.

En esos días, grupos de personas, indignados por el macabro doble crimen, se aglomeraban a las afueras del citado organismo, pidiendo la pronta resolución del caso y “pena de muerte” para sus autores.

El jueves 20 de julio de 1989, a dos días del hecho, aún los niños permanecían sin identificar. Eran reiterados los llamados de las autoridades clamando el apoyo. Incluso los medios de comunicación publicaban, una y otra vez, las fotografías de las víctimas.

Las pesquisas parecían destinadas a “encangregarse”. A pesar de los esfuerzos de los investigadores por adelantarlas. El tiempo pasaba y parecía jugar en contra de la justicia.

 

Los cabos comienzan a atarse

Ocho días después del crimen, el administrador de un hotel, tras reconocer a los chiquillos de las fotografías publicadas por la prensa, se dirigió a la sede de la PTJ, dando información clave para el esclarecimiento del caso.

De este modo fueron identificados. Ella se llamaba Nataly Palma Laija, seis años de edad. Él, Jesús Héctor Palma Laija, cinco años. Ambos de nacionalidad mexicana.

Tomando en cuenta los datos de la ficha del hotel donde acostumbraban a hospedarse los niños con sus presuntos padres, se llegó al asesino. Se trataba del padrastro de los infantes, el hijo de un diplomático venezolano, administrador de empresas, de 26 años, y quien había vivido en Culiacán, México, donde estudió un post grado: Enrique Rafael Clavel Moreno. Su aprehensión se efectuó en San Antonio de los Altos, en el centro del país. Tras su arresto, confesaría, sin mostrar signos de arrepentimiento, los pormenores de sus asesinatos.

“Éramos amantes”

De acuerdo con la confesión del que fue bautizado como “El monstruo del viaducto”, él y la madre de los niños, de nombre Guadalupe Laija Serrano, se hicieron amantes, cuando éste estudiaba en el país azteca. Ella recibía malos tratos de su marido, un hombre de negocios al que llamaban “El güero”, considerado por muchos como uno de los narcotraficantes más buscados en Estados Unidos. Poco tiempo después, la mujer abandonaría al presunto narco para vivir con él.

Clavel Moreno, comentó, que tras iniciar vida conyugal con la mujer de 31 años, y hacerse cargo de sus hijos, viajaron a Venezuela por primera vez en enero de 1989, concretamente a San Cristóbal, donde se celebraba La Feria Internacional de San Sebastián. En febrero, la mujer viajó sola a México. El futuro homicida se quedó a cargo de los niños en Caracas.

En marzo retornarían a San Cristóbal. A los pocos días, volverían a viajar a Caracas y a México. Para el mes de junio visitan, nuevamente, la “Ciudad de la cordialidad”. En el hotel donde solían hospedarse se arma una discusión entre los amantes. Ella, al parecer, ha decidido abandonarlo para volver con “El güero”, por lo que viaja a Estados Unidos.

Los asesinatos

Rafael toma un avión que lo conduce a la ciudad de los Ángeles, donde encuentra a Guadalupe en una casa rodante. Es el 19 de junio de 1989. Discuten, el hombre –invadido por los celos- la estrangula. De inmediato retorna al país, ya con la nefasta idea de deshacerse de los niños.         

Ya en Venezuela, trae a los niños a San Cristóbal, donde, además, adquiere un automóvil, Monza, color beige. Según las investigaciones, todo hace suponer que el homicida les suministró a los hermanos un sedante –posiblemente Passiform o Calcibronat-, a fin de perpetrar sus terribles planes, sin despertar sospechas. Los viola salvajemente. Al cabo, los conduce en el Monza al viaducto. Primero lanzó al niño; luego a la niña. Un poco más allá, lanzó las pertenencias de sus víctimas, intentando eliminar, de esta manera, toda evidencia que lo incriminara.

¡Asesino asesino!

El 12 de agosto –ya convicto y confeso- “el monstruo del viaducto” es trasladado a los tribunales. Una turba de gente lo aguarda, le griten improperios, exigen justicia. Es tal la conmoción, que se suspende la audiencia. Ordenado su auto de detención por homicidio calificado y violación, Enrique Rafael Clavel Moreno, manifiesta estar arrepentido, y niega haber violado a los niños, quienes confiaban en él, y al parecer, lo estimaban. La pasión enfermiza, y su adicción a la droga desencadenaron la tragedia.

Aún hoy, algunos tachirenses evocan el episodio. Recuerdan la foto de las criaturas, dos seres humanos cuyas vidas les fueron arrebatadas del modo más vil. Dos estrellas opacadas por los estertores del odio y la miseria humana.

     

         

 

 

 

      

 

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