Tras catorce días del secuestro, perpetrado en medio de un partido de fútbol, en la localidad de Chururú, los cadáveres de los `Maniceros´ fueron hallados en distintos sectores de la zona sur de la entidad. Un joven de 18 años sobrevivió a la masacre. El hecho causó gran revuelo y devino en roces diplomáticos entre los gobiernos de Colombia y Venezuela

 

Aturdido y aún confuso por lo sucedido, y tras permanecer, por más de un mes y medio, en un centro asistencial de Caracas, Manuel Júnior Cortés se reencontraba con parte de su familia, quienes lo aguardaban impacientes al otro lado del puente Internacional Simón Bolívar, aquella calurosa mañana de diciembre. De contextura delgada, vestía una chemise fucsia clara y pantalón bluyín. Ojos oscuros, pelo corto y crespo, resguardado del fuerte sol de las diez de la mañana por una gorra negra, debatiéndose entre un llanto contenido y la inefable alegría de haber emergido de la muerte. Una cicatriz en su maxilar derecho era la huella de horas de terror y sobresalto, de una prolongada pesadilla que, poco a poco, llegaba su fin. El joven de 18 años de edad, natural de Bucaramanga -Norte de Santander, Colombia- fue el único sobreviviente de la Masacre de Chururú, acaecida el 24 de octubre de 2009, en el municipio Fernández Feo del estado Táchira.

“Secuestraron a los `Maniceros´”   

La pesadilla se inició el domingo 11 de octubre. Cortés formaba parte del equipo de fútbol `Los Maniceros´, apelativo que respondía al trabajo que la mayoría de sus integrantes ejercía, pues se ganaban la vida vendiendo maní y otros productos, además de bisuterías, en unidades de transporte público.

Según algunos testigos, en medio de un partido de fútbol que se celebraba en la citada población, un comando de hombres fuertemente armados habría irrumpido, de manera violenta, a la improvisada cancha, ordenando que todos los presentes se arrojasen al suelo.

 Acto seguido, requirieron la presencia de los integrantes del mencionado equipo. De hecho, afirmaron los organizadores del evento deportivo, semanas después, a la prensa colombiana, que habrían pasado lista, de modo que los jugadores fueron agrupándose. Seguidamente –de acuerdo con esta versión- fueron amarrados con una especie de cabuya, y conducidos a un lugar incierto, en un automotor.

Pese al terror que cundió en el lugar, entre los fanáticos y los demás futbolistas que presenciaron el secuestro, la aciaga noticia se propagó, rápidamente, a los cuatro confines. Los medios de comunicación, locales y nacionales, se hicieron eco del hecho, que estalló luego en las pantallas colombianas, como una onda expansiva, resquebrajando la placidez del domingo.     

En total 12 personas habían sido raptadas: diez colombianos, un peruano y un venezolano. De inmediato, las autoridades militares venezolanas se desplegaron en la zona. Familiares y allegados de los plagiados, afrontaron aquellas horas de incertidumbre sumidos en un valeroso silencio, confiando en que sus deudos retornarían sanos y salvos.

El hallazgo de los cadáveres

La esperanza de madres, padres, esposas y novias se desvanecieron catorce días más tarde del secuestro en masa. El sábado 24 de octubre -en horas de la mañana- los primeros cadáveres fueron encontrados en las inmediaciones del sector Caño de tigre de la citada jurisdicción. Posteriormente, los demás cuerpos sin vida fueron localizados en otros puntos de la zona sur, en las adyacencias de los municipios Uribante y Libertador. Cuatro días después, parroquianos hicieron  el hallazgo del cadáver que faltaba.  

Las imágenes, tomadas por las cámaras de Surtel de El Piñal, le dieron la vuelta al mundo. Venezuela nuevamente era noticia, en uno de los episodios más dantesco de la historia criminalística del país.  

Pero en medio de la masacre, ocurriría el milagro. Manuel Júnior Cortés, uno de los más jóvenes del grupo, lograría salvarse, en lo que pareciera una escena de película. De acuerdo con una versión ofrecida a las autoridades, horas después de que fuera auxiliado por un campesino de la zona, tras caminar con una herida de bala a la altura de su maxilar derecho y el cuello, Cortés relataría algunos pormenores del día más terrible de su vida, pero a su vez, el prodigioso instante en que sorteó a la muerte.  

“Era para fusilarnos”

El sobreviviente de 18 años, luego de ser atendido en un Hospital de la zona, suministró las primeras declaraciones a las autoridades. La prensa neogranadina, publicó días después, parte del estremecedor relato.        

“Estuvimos 14 días comiendo sólo arroz, atún y agua, de tal manera que si llovía estábamos mojados. La cobija era una hoja que parece plátano y hasta ayer (23 de octubre) que llegó un personaje, a eso de las 2 de la tarde con la gran noticia que todos nos íbamos. Nos pusimos muy alegres y hasta lloramos de la alegría. Pero no sabíamos que esa salida era para fusilarnos a todos... a todos los secuestrados nos tuvieron juntos en un campamento, en la cima de una montaña, amarrados de a dos con cadenas y candados en el cuello y custodiados por cerca de 18 hombres al mando de alias ‘Payaso’ (...) El viernes (23 de octubre), a las 7 p.m., quemaron el campamento y se los llevaron, de a seis, en dos camionetas, con la intención de ejecutarlos (...)Cuando pararon nos hicieron bajar, arrodillados en el piso y golpeándonos sentimos la ráfaga de seis o siete disparos, de los cuales me pegaron un solo. Uno o dos minutos después abrí los ojos y estaba vivo. Toqué a los demás amigos pero estaban muertos. Me levanté y camine como tres horas y media (…) hasta que vi la luz de una casa, llegué y toqué la puerta y un señor me abrió” (...) ‘El ‘Payaso’ nos preguntaba dónde estaban los jefes paracos, pues creían que éramos reclutados por los paracos”,  

Repatriación de cadáveres

En las primeras horas de la madrugada del día martes 27 de octubre, los cadáveres partieron de la Morgue del Hospital Central de San Cristóbal con destino a Cúcuta, en medio del llanto y la incredulidad de sus deudos, y los dimes y diretes que caldeaban los ánimos entre el Gobierno de Hugo Chávez y de Álvaro Uribe.

El gobierno de Chávez sostenía, por su parte, que podría tratarse de paramilitares infiltrados, en tanto que del lado colombiano indicaban que esperaban una versión oficial, pues se especulaba que la masacre respondía a un sangriento operativo perpetrado por el ELN o por milicianos venezolanos. Tampoco descartaban otros móviles, como la venganza.    

“No eran delincuentes”

Años después de la Masacre de Chururú, algunos vecinos recuerdan los hechos aún con estupor. “Yo los trataba, y parecían muchachos trabajadores y tranquilos. Claro, a veces se tomaban sus tragos, pero que yo sepa, no se metían en líos”, comentó una señora.

Un joven que pidió el anonimato, explicó que a veces jugaba con ellos, y demostraban ser personas de bien. “Bueno, usted sabe que aquí uno debe callarse mejor, pero en verdad le digo, que eran echadores de broma y tranquilos... pero vaya usted a saber”.

Familiares de las víctimas han sostenido, en todo momento, que éstos eran muchachos trabajadores y que habían viajado a Venezuela en procura de un futuro mejor, sin imaginar que los aguardaba tan trágico final. (Raúl Márquez / CNP 19643)  

 

 

 

 

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